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La ciudad (14)

Luís 
El fotografo contempla el mundo haciendo guiños a través del objetivo. Eso le mantiene lo bastante alejado del vértigo que la claustrofobia le provoca, más que si fuera una terapia, utiliza la cámara Cannon como un escudo. No hace fotos, sólo capta instantáneas. Congela en imágenes veraces algúnas decimas de segundo de las vidas ajenas. Le gusta seguir al tren cuando se aproxima a la estación detrás del cono de luz que proyecta desde el fondo del túnel- trac- cual si fuera un cíclope que aullando abandona su cueva en busca de venganza y dispuesto a devorar a los sorprendidos viajeros para huir a continuación hacía la siguiente parada donde repetirá ese indigesto proceso- trac- nadie se queda reflexionando en el interior del vagón durante el tiempo necesario para arriegarse a una metamorfosis- trac- la mayoría de los pasajeros ni siquiera son conscientes de que se haya iniciado un cambio perceptible- trac- mientras se introducen en la abísmica oscuridad perseguidos por una cola de luces rojas que serpentean- trac- robando el espíritu de las personas que engañan la rutina entre unas cabezadas envueltas en la vigilia de la ruta- trac.

PRÓXIMA ESTACIÓN SOL TRASBORDO A LINEA CINCO.

El movimiento de las puertas que se deslizan señala el comienzo de una carrera a pasos ausentes sin probables ganadores. trac- que son atropellados por el tiempo para tomar el siguiente enlace, los más lentos siempre deben caminar pegados a la derecha, así de conforman las líneas de los perdedores- trac- junto al recodo que dibujan las paralelas de blancos baldosines en un pasillo desierto que sólo se prolonga hasta el siguinete tablero blanco- trac. Algún Pollock sin la pretensión de llegar ni más cerca ni más lejos que una mancha en la pared- trac- creada por luces fluorescentes que vibran en sombras y emiten un sonido sordo y tímido que unicamente se escucha durante unos segundos, solo mientras el andén se aterra hueco y vacío- trac- de los cientos de piernas ignorantes de que sus pasos sostienen un ritmo acompasado, idéntico a los esclavos transportando cargas ajenas-trac- con un taconeo impulsor del flujo sanguíneo que mantiene vivos a otros seres que se desplazan bajo la luz del sol a bordo de lujosos automóviles hasta una plaza de aparcamiento reservada a su nombre- trac.

Una imagen instantánea del horizonte de la humanidad que demanda lo inexistente, fijando sobre la memoria de cristal liquido los sorprendentes detalles que nos hurta la velocidad. Las fotos deben poseer un alma subversiva. 

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La ciudad (13)

Pardo 
Sentado en el vagón de cola que, no sabe porqué razón, supone es la mejor posición para ser ocupada por un parado de larga duración, de cuando en vez abandonará el convoy en cualquier estación, se derrumbará en un rincón, extenderá el cartel y dejará reposar la cesta de mimbre entre sus pies. Para recoger un metálico premio, hacía su educada invisibilidad, en las pocas monedas que le sostienen amarrado al presente y con el espíritu mirando siempre hacia un pasado mejor. Vigila con cuerpo delicuescente la llegada de los celosos vigilantes y de los guardianes armados de las buenas costumbres. Amontona durante los ratos esclavos humildes versos libres. Hace meses que renunció a contar los pies que pasan a su lado y más tiempo todavía que no se atreve a mirar de frente a las chicas que le parecen atractivas y si constata que una cualquiera, o no, se fija en él, vuelve raudo la cabeza hacia otro lado y hunde la vista contra las baldosas de cemento pulido, así supone que se pone a salvo de que alguna sonrisa le clave sus esquirlas en el centro del corazón. Cuando entre en la seguridad que le proporcionan las oscuras paredes de su guarida, se desabotonará la camisa y buscará frente a las fracturas del espejo el rastro de la herida. Duele y es que está más profunda de lo que alcanza la vista.
Pardos hay tantos recorriendo las calles y residiendo en barrios miserables que ya no se saben, ni se reconocen blancos ni negros, ni carne ni pescado, ni hombres ni niños, están hechos de una pasta común, mezcla de futuro imposible y pasado perdido. Por eso es consciente de que, algún día, cuando la desesperación no le llegue para saciar el hambre, deberá hallar al culpable de su estado y cometer un crimen deleznable. Hacer una mierda de revolución, aunque sea para que fracase o acaso por esa misma razón, para que la historia les otorgue esa misma definición. ¿La revuelta de los miserables? No sé. De momento no tengo esa respuesta.

La estación

Ajena, en desuso, aunque no pueden evitar que sus lineas paseen indiferentes junto a tierras resecas que pronto devengaran estériles. Las infraestructuras contribuyen al despoblamiento y a su vez es éste quien las causa, bailando sobre un círculo en el que cada paso es la lógica consecuencia del anterior. Un mea culpa del autor. “La demanda como factor determinante para la rentabilidad de la inversión en la planificación de obras”.  Anónimo. 

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En el culo del mundo

La guerra no es un paréntesis en la vida de los combatientes, como una gaveta que se abre demasiado y deja caer hasta el suelo todo lo que almacena y ahí se queda aguardando el retorno.  No. La vuelta es más difícil que permanecer en medio de la batalla. La carga que se trae en-el-culo-del-mundoescondida en el fondo del petate se desparrama por el resto de la existencia. Éste libro contiene un relato de la guerra de Angola y refleja la cruda realidad del conflicto visto desde la distancia de Lisboa. La excelente prosa de António Lobo Antunes desborda sobre éstas páginas dibujando un retrato intimista que lo presenta envuelto en un constante rictus de amargura.

La ciudad (12)

Ramón 
Nunca se consideró atractivo y con esa tendencia tan suya para ensimismarse con gesto adusto en los cálculos, a menudo más que meditabundo, parecía un hombre huraño. Viaja siempre aferrado a su vieja cartera, desconfiando de la memoria, atesorando en el ajado interior de cuero ejercicios y conocimientos. Exámenes para corregir en el viaje de ida y puntuados a la vuelta. Camina tan pendiente y temeroso para no extraviarla que nada ni nadie pudo evitar que tropezase en la escalera contra aquella mujer que se le antojó la más bella del mundo y que, a consecuencia del golpe, los lentes ahumados, casi negros, se clavaran sin piedad contra el puente de su nariz. Él dijo perdón, y se hizo de goma entre disculpas, ignorante de la sangre que fluía sobre sus labios cuando por primerra vez, encontró su propio reflejo enmarcado entre las almendras de aquellos ojos. Cuando extrajo con naturalidad aquél pañuelo de papel del bolso para contener la sangría y le condujo autoritaria hasta un asiento vacío del andén. Él se dejó llevar entre los acordes de su voz. Tanto, que no supo ni pudo comprender sus palabras: 

-Deja que corte la hemorragia que soy enfermera.

Para qué las iba a entender, si acababa de ver confirmada su teoría y ya estaba enamorado. El universo cabe en un espacio cerrado que tiene la forma circular de tus púpilas. Alarta dijo, Ramón Alarta, aclaró, profesor de universidad y a continuación le desgrano toda la filiación y el relato completo de su existencia. Sí Alarta hacía memoria de esos primeros momentos, entre sueños, cree, que por no callar, le dió su dirección, el número de teléfono e incluso le recitó el número de matricula del pequeño utilitario que guardaba en el garaje. Aunque sólo podía pensar en cuanto debería esperar hasta declarale su amor incondicional.

-Ella dijo Concha y a partir de esa mutua confesión dará comienzo una nueva historia.

La ciudad (11)

Genaro 

Sí a esta mujer no me la hubieran dejado seca en aquella operación podríamos haber tenido un par de muchachos y ella estaría tan feliz y tendría otra manera de ser. A lo mejor a estas alturas, los sábados, podíamos juntarnos toda la familia, admirar asombrados como crecían los nietos y aprendían las primeras letras y quién sabe sí alguno de los hijos hubiera valido para estudiar y hasta llegado a ser ingeniero en el ayuntamiento, como ese que tiene un chalet en la sierra para pasar los fines de semana. Así la Olga si que sería feliz y a estas alturas de la vida, alguna vez se sentiría orgullosa conmigo en vez de echarme miradas torvas en las manos cada vez que llego a comer con las uñas llenas de tierra. Con una familia incluso nos habrían concedido una casita baja de la obra sindical del hogar y una beca para los estudios de los muchachos. Las casas sin hijos se acaban quedando sordas y mudas, el frío y el silencio se cuelan dentro y ya no salen nunca. Como mucho se adormecen durante un rato cuando suena la radio de la cocina o esta encendida la tele en el comedor. A ver si le gusta ese chico nuevo, Gabino, y se encariña con él. Ya sé que no es lo mismo que tener un hijo propio, pero tiene pinta de ser un buen chaval y además que es valiente, porqué liarse la manta a la cabeza y venirse a Madrid, sin conocer a nadie, dispuesto a ganarse el pan y labrarse un futuro es algo que no se ve todos los días.

La ciudad (10)

La Olga
Otra vez sábado, en cuanto Genaro regrese de echar los cierres a la verja querrá que esté la tortilla caliente y el porrón bien fresquito preparado en la nevera, la mesa dispuesta, el hule límpio y sí es por pedir, hasta que las viejas sillas de tijera no crujan cuando remuevan el culo en el asiento. ¡Podría haber comprado unas de esas de plástico blanco, de a 4 euros que vimos en el centro comercial y que me gustaron tanto, ni siquiera hay que lijarlas y barnizarlas cada primavera, ni nada. ¡Éste hombre es Don Nada de Nada!
¡Pero bien pronta que tuvo la respuesta el muy agarrado, seguro que la llevaba preparada!:
¡Que no seas pesada mujer, que en el metro no te dejan llevar esos bultos tan grandes!
Y le dije: ¡Pues cogemos un taxi!
¡Si claro, y a buen precio me salen las dichosas sillas, menos de cincuenta euros no me piden por la carrera!
¡Total que para un capricho que tiene una, se ha de morir con las ganas!
¡Olga que digo que vendrán los chicos a la tarde, para echar un tute, digo yo que podrías preparar algo de merienda y así no estamos solos!
¡No estamos solos, no estamos solos! Serás tú el que necesita acompañamiento. Y aquí me tienen, como una criada dale que te pego a la sartén y además que esas sillas de tijera están hechas un asco. Para uno nuevo que viene. Gabino ha dicho que se llama, que cualquiera sabe de donde le habrá sacado. Piotro el ruso, ese si que al final ha tenido suerte. ¡Con lo buen mozo que es! Y hasta se ha echado un novio de postín, uno que anda metido en la cosa de los libros. ¡Y menudo cochazo que tiene! Se ve que les va bien. Ya le podía pedir el favor y que nos trajera las sillas nuevas de plástico blanco, pero este condenado de hombre mio, además de pobre siempre ha sido un orgulloso. Dios que da pan al que no tiene dientes. Y luego el Amaro que no se le pasa la rabia desde que le echaron del pueblo. ¡No sé si tendré bastante pan con la barra de más que traje! Si acaso, para que no falte. ¡Voy a sacar otra que tengo en el congelador!