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Archive for the ‘De cuentos’ Category

La portada

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Bueno por ahí se empieza. ¿Verdad?

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Abarboxa (cuatro)

Por la mañana aclara el tiempo, el viento, que llega del nordeste, trae sol . La tierra tardará en darse cuenta y la hierba aún rezuma agua. Alza la vista para descubrir que una nube separa el cielo en dos mitades.

-Es un avión, anuncia alborozada.

-Mira Arroxa, mira boba, seguro van el conde de Lemos, el señor Notario, el Obispo y el Alcalde del Concello. Más o menos un compendio de las autoridades que Abarboxa reconoce. 

– Seguro que van a la Argentina para pedir el voto a los emigrantes. Lo que no puedan esos, no lo puede nadie.

-¿Y por qué no habrían de darnos un burrito con alforjas que nos alivie la carga?

– Mejor una burrita, que ya veríamos la manera de, juntarla una noche sin luna con ese caballo que dejan suelto en el prado de San Salvador, daría un mulo fuerte como un toro.

– ¿Cuanto llegarían a pagar por él.? Igual hasta quinientos. ¡Que contenta la burrita cuando se desayunara cada mañana con un puñado de avena del saco que le compraríamos!

La estela se pierde en el horizonte cuando Abarboxa introduce el brazo bajo la alambrada y con un vigoroso tirón extrae otro nabo que oculta en bolsillo del delantal.

-Aquí acaba el retrato de una dama del siglo XXI, que ignora que hay cosas que suceden alrededor. Si se resfría, no acude al médico porqué no se fía y además le manda comprar medicinas caras, convencida que son para curar casos graves o unas pastillas tan pequeñas que le desaparecen en un pliegue de la piel. Tienen poca medicina y poco pueden curar. Mejor prepara la suya: En la sartén funde cuatro cacillos de manteca rancia, añade miel de su cosecha y lo vierte en el bol con una copa de aguardiente, mastica una aspirina con pan y se introduce a sudar entre las mantas. Dejará la puerta cerrada y el cerrojo abierto. Un trapo rojo colgado en el quicio anuncia que está enferma. Alguna vecina aparecerá, no tardando mucho, con un caldo espeso, otra con café y leche cargado y media hogaza de pan. Si hay suerte hasta añadan algunas pastas compradas en el supermercado. Arroxa entretanto muge cuando siente que la ordeñan manos extrañas, se deja cuidar, pero protesta. ¡Cómo Abarboxa!

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FIN

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Abarboxa (tres)

La puerta dividida en dos mitades, la de abajo para evitar que entre la raposa o que un can ataque a las gallinas. La de arriba para ventilar la cuadra, iluminar las faenas y asomarse las vecinas.

– ¿Buenos días Abarboxa ya ordeñando?

– Buena mañana Avelina. Y sí, sacando a Arroxa la poca leche que le sobra. Cuando no anda rebuscando algún huevo extraviado o una vieja zapatilla de esparto para alimentar el fuego.

A mano izquierda, de la puerta común de cuadra y vivienda, nace una estrecha escalera, oscura como si fuera de ébano, elaborada mediante una trabazón de tablones que se tambalea y cruje a cada paso. A veces gime por su cuenta, aunque no suba ni baje nadie, parece que algún escalón, de repente, decide enderezarse y le chasca el alma porque echa de menos los clavos que hace un siglo hicieron más sólida su estructura.

En la cuadra hay que ser humilde y caminar con la cabeza gacha, no tanto por no ofender a los residentes, cuanto por no darse con las vigas en la frente. La vaca transita sin riesgo y Abarboxa, tan pequeña y escurrida, necesita el concurso del escabel de ordeño para asir los aperos que reposan suspendidos de unos clavos. ¡Ay, que mira por donde, me parece conocer la razón por la cual baila la escalera!

La vivienda en poco se diferencia de la cuadra, sólo que es un palmo más alta de techo. Una gruesa piedra de granito ejerce de cocina donde brilla un fuego de ramos y algunas tablas arrancadas de las ruinas más cercanas. Carece de agua corriente, el grifo lo instalaron por cuenta de la diputación en un rincón del portal de acceso, junto a la entrada de la cuadra.

Cuando Abarboxa supo de la existencia de un contador por causa del cual tendría que pagar el suministro, exclamó indignada que ya corría suficiente agua por el caño de la fuente y que además es gratis. Que puestos a regalar algo, mejor le hubiera venido un barreño nuevo de zinc, que el suyo tenía un agujero o que le mandaran un lampista de parte del ayuntamiento para que se lo restañara. Al fondo de la única estancia, separada por un tabique de madera mal compuesto y bajo una mínima bombilla, cuya potencia sólo da para iluminarse a si misma, permanece el lecho. A los pies un arcón que guarda, entre papeles de seda, el ajuar para su boda, Abarboxa nunca recibió propuesta de matrimonio, durante su juventud tuvo lugar la gran emigración y así quedaron sábanas y almohadas, a medio bordar una solitaria M inicial. De María por buen nombre.

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Abarboxa (dos)

– A ver Arrosa, mascullaba Abarboxa a lo largo del camino:

– ¿Pero tu me dirás que necesidad tenemos de mantenerlo? Ninguna.

– ¿No te das cuenta que para los machos lo mejor que se les puede hacer es castrarlos?

– Crecen y se vuelven pendencieros, toda la fuerza se les va en andar detrás de las mozas.

– Mira, en este nicho está mi comadre Lucinda, que de eso entiende más que tú y que yo, pariera ella siete mozos bien bragados, cuando fue mayor, el Efrén, marchó para la Venezuela, y acabó tirando de los demás hasta que a este lado del charco no quedó ni uno. ¿Lo ves?

– Claro, les vino hablando de las mujeres de allá, que parecen sirenas. No como nosotras, que sólo servimos para trabajar y traer hijos al mundo.

– Al menos sí uno hubiera sido castrón, tuviéramos un varón fuerte en la aldea, uno capaz de desencajar las puertas cuando se hinchan por la lluvia. Voltearía las campanas cada Domingo en lugar del alfeñique de Don Xulian, que eso, ni es tocar ni es nada. Cortaría leña para las dos, y podríamos calentar el alambique y sacar una cántara de aguardiente, para ti y para mi.

¿No te gusta que te frote en el cuero y la testuz con ella cuando entras en la corte para que te ordeñe? ¡Bien a gusto que te quedas cuando te saco con cuidado toda esa leche que te sobra! ¿Si o no?

Si pudiéramos capar al ternero y cebarlo cinco años para que fuese buey. ¿Cuantos pesos nos darían por uno con cien arrobas?

– ¿Pero como dices eso Lucinda? Si tengo que andar mendigando un poco de heno que entresaco de cualquier pajar a hurtadillas para darle gusto y esconder media docena de mazorcas debajo de la faldriquera para la noche. ¿No es verdad Arroxa que te las cenas mientras te saco con cuidado toda esa leche que te sobra?

¿Tú crees que ese ternero te dejaba descansar hasta el amanecer sin llegarse a morderte las ubres? ¡Seguro que al saco de cebada que vamos a comprar con los mil pesos que vale el ternero no le haces ascos!

– Total que más te dará. Dentro de un mes vamos de nuevo al toro, a que te dé un buen empujón, y para la primavera tendremos una ternera que nos hará compañía a las dos ¿Sí o no?

Fisterra.Sep.10 012

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Abarboxa

Esta es una historia vieja y además el retrato de una vieja historia:

Sin soltar la soga con la que guía los pasos de Rosa, Arrosa la llama en tercera persona y ella, más que obediente, parece saber de antemano adonde puede tomar hierba impunemente, de casa salen bien temprano, un poco después de tomar una mancha de café en el tazón de leche, que después será enjuagado con una generosa copa de orujo del país. De un solo trago, para tener duros los huesos y soltar el vientre, así lo justifica Abarboxa cuando camina delante con quedos pasos, que con el pasar de los muchos años se le han ido mermando. Repiquetean los zuecos remendados sobre el asfalto – Ay Arroxa, que fácil llegarse ahora al cementerio desde que apañaron la carretera ramoneando de aquí para allá, sin pisar en los barros.

Avanzan bordeando huertas ajenas, aprovechando hasta la última brizna de hierba, de cuando en vez, la anciana cruza hasta la cuneta opuesta cuando descubre una manzana caída o alcanza a recoger una tierna mata de grelos con su nabo para añadir al pote, verde y jugosa, la raíz quedará reservada para obsequiar a la coneja, siempre preñada, siempre cautiva y siempre a salvo de la lluvia.

– ¡Qué vida más buena se da la jodía en su jaula, se queja, – No como nosotras, siempre mojadas pastando bajo el paraguas. ¿Viste Arroxa cómo le luce la piel? Y yo con la saya negra agrisada de tanto lavarla en la fuente, eso sí, el delantal inmaculado. Arrosa no necesita otra cubierta que su capa blanca salpicada de manchas negras, las ubres rosadas y el cuello adornado por el cencerro. -Andamos listas, las dos, para ganar el sustento, tú de vaca y yo de ama. – ¡Anda, camina que ya llegamos y verás que sabrosa te sabe la hierba del cementerio. Los difuntos hacen buen abono y así devuelven algo de las mantecas que comieron!

Cerrada la cancela, Arroxa queda libre de ataduras. Sabedora de que al señor cura le parece inapropiado que la tonelada de Arroxa paste hierbajos entre las tumbas, mientras Abarboxa, que nunca aprendió las letras, lee en las lápidas los nombres de los ausentes y sostiene un monólogo con los difuntos, a todos los recuerda el sobrenombre por el cual respondían de vivos.

El sacerdote sospecha, que bajo su mísero aspecto, se oculta una bruja. Verdad que nunca falta a misa y juzga sus latines con leves asentimientos, o lentas negativas apenas vislumbradas por los demás feligreses. Abarboxa gesticula en el momento justo justo y no puede evitar sentirse aprobado o suspendido. -¡Pero si es analfabeta! Se repite cada día finalizada la misa. -¿Cómo puede saberse la liturgia?

A la puerta aguardando hasta que sale, tanto da pase dentro una hora que tres, primero besa el anillo y luego suelta la estocada a bocajarro:

– ¡Hoy estuvo bien Don Xulián, un poco flojo el Tedeum, habrá de perseverar más para quedar bien o bajará la limosna del cepillo!

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A Pedra de Serpe

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Piedrecitas

Que toda la historia del mundo quepa en el interior de un solo grano de arena, no es una cuestión baladí, pero les aseguro que sí, esto sucedió como les cuento. ¿Otro cuento? Pues sí. ¡Qué le vamos a hacer!

No puede ser, de ninguna manera, una partícula cualquiera, una de esas que podemos encontrar, por ejemplo, entre los millones de una playa o entre las que viajan en las dunas que atraviesan el desierto a lomos del viento. No hablamos de esas, en este caso tan particular, nos referimos a una mota que sido parte del mismísimo corazón del planeta y al que, su composición molecular, le imprime esa característica, en su estructura se halla cifrada la historia futura de todo lo que existe o existirá en el Cosmos.

Tampoco fue una casualidad, o quizás si, que al recibir el golpe de aquella afilada piedra en medio de la frente, ese grano se introdujera de forma alevosa y subrepticia en el interior de la brecha y se quedara incrustado en el hueso frontal, justo en el centro geométrico de la frente. Así de repente bajo los cuatro puntos de sutura comenzó aquélla piedrecita su extraña labor.

El niño creció, como todos los infantes, a ojos vistas. Pronto aprendió a cerrar la boca y a no ir por ahí soltando tonterías sobre el futuro, que él podía ver como si ante sus ojos se proyectara una película: ¡Mama, coja el paraguas que a las siete de la tarde le lloverá fuerte! Y claro que llovía, a cantaros caía, aunque aún no se divisara ni una nube en el cielo. A causa del don se tuvo que fabricar un caparazón de silencio para guardar los secretos que conocía.

¿Y sabía también los números premiados en el sorteo de la lotería? Pues creo que no, o por lo menos no dispongo de esa información. Y es que a la naturaleza, bien poco le importa quien sea el poseedor de más o menos dineros, sí le trae cuenta de los otros fenómenos que la afectan, los terremotos y huracanes, la calidad del agua y la limpieza del aire y eso si que estaba narrado en la composición de aquella pequeña roca.

Que cada día y, sobre todo cada noche, se le hacía a ese hombre más pesada de transportar sobre la frente. Tanto que me ha pedido un favor, si acaso alguno de ustedes se ofrece como voluntario para transportarla en el interior de su cerebro, durante unos cuantos siglos, no muchos, unos cien o doscientos nada más.

Se requiere dedicación exclusiva, contrato indefinido y remuneración adecuada según valía del candidato.

Razón aquí:

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– Los senderos de la libertad, mi querido Abel, tienen un estrecho margen, dijo Fernanda concluyendo la lectura de La Plata de Judas, El apagado azul grisáceo de los  ojos conservaba la tristeza del funeral. Permanecían sentados frente  a las tazas de té, la tarde oculta entre cortinas de lluvia desmentía la hora que señalaba el reloj. Ajenos a los silenciosos parroquianos que ocupaban la única mesa del local contemplaban la pequeña franja que coronaba el cielo anunciando que sobre Lisboa todavía lucía el sol.  

– La muerte de Clara y de su amigo Pereira extingue una familia que, durante siglos, no pudo tener más objetivo que la lealtad. Esa fue su cárcel. La del contable que pasó media vida fiscalizando el valor del tesoro tenía los barrotes forjados en la ambición. Como Marina que dedica tanto tiempo y esfuerzo  para conservar en buen estado el Pazo Posada que edificó el amor de un bisabuelo. –

– ¿Quieres decir que si conservo esa mansión es porque no tengo otra opción? 

– Digo, querida Marina, que nadie consciente puede gritar contra las olas ¡Yo soy libre! Todos somos herederos de un carácter, durante la niñez se le añaden la educación y las creencias familiares, las propias vivencias no hacen otra cosa que alimentarle para que se afiance y constituya la materia troncal de nuestra existencia. 

– Un apenas audible Abel  se atrevió a objetar: ¿Y el amor sobre el que usted tanto ha escrito?

– Conocí el amor en Lóndres, un amor tan grande que llena cada uno de mis días, me lo arrebató la República. Cuando Luis Reís envió la muerte a Teresa, envuelta en una capsula de cianuro, ya había rechazado su propuesta de matrimonio, yo amaba a su hermana. Un comunista y una princesa. Tampoco él pudo elegir y pagó el precio de ser ministro en la revolución. Ni siquiera el conductor del taxi que le llevó desde el aeropuerto al hotel tuvo posibilidad de elegir. 

Abel reconoce perplejo al ocupante de la otra mesa, cuando el comandante Almeida dirige resueltamente hacia ellos. Los tres oscuros personajes que le acompañan ocupan posiciones dominantes del café. Uno obstruye la salida, otro se sitúa junto al acceso a los lavabos y el tercero junto al oficial, escruta fríamente sus rostros, su mano les amenaza desde el bolsillo de la cazadora. 

– Al menos yo pude elegir el exilio en esta isla que es la prisión más hermosa. Puedo escapar cuando estoy sentada en el escritorio y puedo recuperar la seguridad de los muros con sólo alzar la mirada y contemplar el horizonte. El agente le llevará ahora La Plata de Judas al Presidente Soares que, respirando aliviado, le propondrá para el ascenso a general. Como nosotros, ellos tampoco pueden abandonar la prisión en la que prestan servicio, ni un segundo. 

– ¡Será usted el general de las ratas de las cloacas portuguesas Señor Almeida! Afirma mirando directamente a los ojos del comandante mientras le ofrece el libro cerrado. 

A pesar de permanecer de pie y recibir el impacto en sus pupilas desde los alto de sus casi dos metros. Almeida se siente anonadado frente a la mirada, reconoce el  genuino poder que posee la antigua nobleza de María Fernanda. Toma el libro e inclinando respetuosamente la cabeza exclama: – ¡Alteza!

Alzando la mano indica a los agentes que es hora de abandonar el local y la isla.

Misión cumplida. 

 

 

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