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Archive for the ‘De cuentos’ Category

Primera cita

Aparte de los documentales para dormir la siesta, sólo tomo First Dates después de la cena, no se requieren, de momento, más telemedicinas. Para egresar de novio en ese “reality” se solicita una carta de presentación que postule como candidato de interés. Como sea que, por causa de los cumpleaños y aniversarios acumulados, carezco de la edad y el estado propicios, les invito a todos ustedes a realizar un ejercicio semejante y pasar la papeleta a uno de sus personajes más queridos. 

Mi estimado Don Carlos Sobera:

Me llamo María y soy oficial de intendencia de la NATO, razón por la cual me ausento a menudo para realizar gestiones profesionales, como comprar ropa para la tropa y otros equipamientos. Me gustaría conocer a una persona tranquila y hogareña, buena profesional, relacionada con área de la salud o la cultura. Discreta. Ordenada. Poco ambiciosa. Amante de la lectura clásica y de los temas históricos. Aficionada a la mejor música y a realizar largas excursiones por la naturaleza. Cariñosa y con buena mano para cocinar. Tengo treinta y cinco años y mantengo una forma física excelente, los rasgos orientales me hacen bastante atractiva. No deseo formar una familia, al menos de momento. 

Atentamente María. 

¿Candidatos o candidatas?

Espiando las huellas

F/6,3 1/60s ISO-800 200mm

 

 

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Troía para Xan 8

El reencuentro

Todos aceptaron gustosos la invitación y a todos se les lleno el paladar con el agridulce sabor de la queimada, formaron largas hileras frente a cada uno de los pucheros, excitados entre sorbo y sorbo contaban como habían participado en la lucha, se narraban unos a otros viejas y nuevas historias, bebieron y bebieron hasta que un dulce sopor les condujo hasta el borde del mundo de los sueños. Ahitos abandonaron la caza. Por eso, aunque bastante maltrechos y magullados, muchos  de ellos superaron las redes y descendieron la cascada para reencontrarse con el mar. Uno enorme con mirada fiera contemplaba la escena desde lo alto de una roca, bien sé que fue el último en abandonar el lugar. De lo que a continuación vi con mis propios ojos Xaniño, porque no me permitían tomar alcohol, no lo conté jamás. Estaba oculto, aligerando el vientre. El Buhonero, se acercó a Octavio, con el brazo izquierdo alzado, la mano extendida y los dedos desplegados, él otro extiende los tentáculos e imita el color del ocaso, luego, aquél viejo astuto izó la mano derecha, mostrando en alto el puño apretado. Y el maldito bicho que responde. Repliega  los brazos formando una pelota de color azulado. Conocí esa mañana fuerzas que escapan a toda comprensión. A continuación cayó un rayo sobre La Moa y una enorme piedra se precipitó ladera abajo. Corrí hacia la fiesta, apenas había pasado un minuto y ambos habían desaparecido. Ese mismo año comenzamos a levantar la presa sobre el Xallas, temiendo que la próxima vez vengan millones. 

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Es una bendición que otra especie haya emprendido el sendero de la evolución, sé que será un largo recorrido. La primera vez encontré a Octavio en una playa solitaria colocando, con sumo cuidado, pedazos de vidrio sobre la arena. Reproducía las constelaciones. Nuestras miradas se cruzaron y comprendí que la inteligencia universal sobreviviría de nuevo a la silenciosa extinción que ya se está produciendo. Extraje un plato de aluminio del interior del cajón, lo situé sobre la arena, hacia el lugar que, en ese momento, ocupaba la Luna Llena, después dispuse una vieja tapadera de cobre en el lugar del sol. Alzado sobre las ocho extremidades contemplaba la composición. Tomó las ofrendas con exquisito cuidado y se hundió entre las olas.

FIN

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Troía para Xan 7

El buhonero

La vieja furgoneta culminaba tosiendo la colina, pisó el pedal de freno y estacionó a un lado del camino. El intenso olor a cocina inundaba el interior del vehículo y desde el valle ascendía una extraña algarabía. Entre las primeras luces del amanecer distinguió innumerables hombres que se afanaban alrededor de grandes hogueras, sobre ellas permanecían bullendo brillantes cazuelas de cobre, algunas eran viejas conocidas a las que, en otro tiempo, había reparado una fuga o remachado las asas. Los hombres necesitan utensilios, hace miles de años que adaptan la naturaleza a sus necesidades, la atenazan e incorporan lujos a su existencia disfrazando su codicia de legítima necesidad.
Se acercó a la orilla del Xallas, cientos de seres humanos estaban sentados a la mesa, la mayoría de los habitantes de la comarca disfrutaban de copiosas raciones cocinadas en variadas modalidades. A la plancha, a la vinagreta, frito con cebolla o con patatas y pimentón. Algunos pescadores atravesaban redes en el agua cortando la huida a los supervivientes. Del fondo de la caja extrajo tres cazuelas, vertió en cada una tres litros de aguardiente, la mitad de esa medida de azúcar, el zumo de un limón, un puñado de granos de café y la cáscara de una naranja, entonces desató el mal de los hombres encendiendo el infierno azul y entonando un poderoso conjuro:
-“Por el honor de La Moa, reina de la tierra prometida y hallada, por los ríos que recogen sus lágrimas y riegan los campos que nos alimentan, por la salud de nuestros padres e hijos, por la tormenta que se aleja y la lluvia tierna y templada que nos bendice. Bebed ahora de este brebaje que nos conmina a celebrar la victoria“.

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Troía para Xan 6

Tambores de cobre

La voz de la roca primigenia hacia temblar mi corazón cuando se vino abajo una parte del tejado, con el fin de acallar el canto, algunos trepando por las paredes, desmenuzaban las traviesas poseídos por una furia inusitada. Al borde de la desesperación distinguí entre la niebla la tenue luz de teas encendidas, se asomaban al valle sobre la colina, apenas conté una docena, pero de entre ellas surgía el contundente sonido de los calderos de cobre al ser golpeados por cucharones tallados en la más dura madera de boj. ¡Vienen los de Fieiro! Grité a través de las ruinas. Sobre un viscoso lago de cadáveres, aquellos héroes continuaban el trasiego de golpes. ¡También oigo batir calderos por la parte de Arcos! ¡Ya cruzan el Xallas! ¡Aguantad valientes, que llegan los refuerzos! La Moa enardecida elevaba hasta el cielo las notas que ahora llegaban desde las avanzadillas de las múltiples tribus. Las caracolas incitaban al combate entre los de Enxilde, apodados Fauces Feroces, en Gándara los del Afilado Diente acompasaban el paso con un ritmo frenético, desde Reboredo acudían los Hábiles Tañedores empuñando temibles mazas de machar e incluso en Xinzo, llamada el hogar de Los Insatisfechos, se apiñaban de a ocho en cada banzo para prestar auxilio portando las enormes ollas de bronce.

A medida que los paisanos recuperaban la ribera, se elevaba el humo de grandes hogueras, el agua sagrada del río borboteaba alegre deseando atrapar enemigos que eran sumergidos las tres veces preceptivas antes de precipitarlos al fondo, nadie olvidó la tradición y sobre amplias tablas el afilado acero seccionaba brazos hervidos a cientos, en rodajas perfectas. El aroma a pulpo cocido, anticipaba que la hecatombe era grata a Dagda. El vapor cubría el valle y rozaba la cúspide del Pindo convocando a Moa a participar en el banquete.

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Ebrios por la posibilidad de exterminar al pulpo invasor de una forma definitiva, ignorábamos que en la  falda del Monte Pindo aguardaba el momento oportuno para intervenir. Él lo había decidido: Nuestra sería la victoria en la batalla, más que nunca ganaríamos esta guerra.

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Rencuentos

-Hale Mariano, pon cara de interesado que ya sale el pajarito.

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-¡Uy! (¿Este de la máquina no andaba el Domingo pasado rondando A Moa?)

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¡Eh Moa! ¿El fotógrafo éste no fue…?

¡Ssshhhh! Que viene mi novio.

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Troía para Xan 5

El canto de La Moa

Horrorizados contemplamos docenas de ojos atisbando a través de las ventanas, pupilas negras y dilatadas enmarcadas entre ventosas que dejaban un rastro baboso sobre el cristal. No podríamos ganar el camino para alcanzar el campanario de la iglesia, imaginamos como miles y miles de ellos ascendían en silencio hacia el pueblo, reptando entre las rocas, tentando el sendero sobre la fresca hierba de la orilla ansiando saciar sus pérfidos deseos. Un viejo duende moraba oculto en algún rincón del vetusto edificio, él me susurro la solución, pide ayuda a los trasnos del Pindo, sube al tejado y haz que el sonido de la caracola despierte a la Moa, entonces los compañeros me izaron hasta la trampilla del faiado, desde allí me encaramé sobre el tejado y sople las tres notas de socorro, con todo la fuerza de mis pulmones: ¡AL-PUUUL-POOO! una, dos veces y otra más con la bocina señalando hacia la falda de la montaña. Transcurrieron unos segundos, falto de aliento me ardían los pulmones, aún repetí la llamada: ¡AL-PUUUL-POOO! durante un instante pude escuchar el eco devolviendo un sordo ronquido, la llamada rebotaba sobre el farallón de granito. Acompasé con el eco las tres notas y de forma mágica la montaña amplificó el sonido con la reverberación de las paredes. La vibración hacía bailar el aire sobre el abismo, ahora la caracola acompañaba a un coro de titanes. Abajo, en la sala, la lucha era feroz, equipados con ganchos de acero mis compañeros, avezados marineros, los atrapaban, les extraían el estómago y les propinaban un golpe contundente sobre la cabeza con el mallo. Decenas de cefalópodos muertos ocultaban las losas del suelo, uno tras otro penetraban por la gatera de la puerta e intentaban derribar a aquellos valientes -No bajes Xaniño, sigue tocando hasta que venga ayuda. Así decían entre jadeos. Abundantes lágrimas de desesperación humedecían mi rostro, mientras seguía soplando y soplando a coro con La Moa. ¡AL-PUUUL-POOO!

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Ahora es el joven Xan quien siente como la emoción del relato nubla su vista.

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Troía para Xan 4

La puerta de los valles

Protegidos tras imponentes acantilados cubiertos por las aguzadas hojas de los tojos, los expulsados se acomodaban a la bondad de una tierra que parecía acogerles con  la generosidad de un viejo pariente, reconstruíamos casas, otrora abandonadas, se sembraban cosechas y plantamos numerosos árboles, aprendimos a sustituir las apetitosas nécoras por lustrosos caracoles, el resurgir del rural celebraba nuestra presencia. Apenas había transcurrido un lustro desde la retirada. Sucedió durante una noche de intensas lluvias. Las huestes ochavas padecían inquietas el síndrome del pichi-rrin gélido, acrecentaba sus más bajos instintos mediante una lujuria incontenible, animales al fin y al cabo, necesitaban alcanzar de nuevo el culmen de sus deseos. Octavio no aprovecharía la crecida de los ríos para invadir la meseta. Desplegaría una fuerza arrolladora con un golpe maestro. Una división de élite ensayaba la escalada sobre roca húmeda. La cascada de Ézaro era la vía más rápida para el ataque. Sólo una pequeña guarnición, situada en un viejo molino, vigilaba el paso hacia el interior.
En ese lugar prestaba servicio. Diez mil atacaron por sorpresa, tenía quince años y servía como soldado de enlace para dar la alarma, era una noche oscura, el cielo permanecía cubierto y desde primeras horas de la tarde la bruma ocupaba el angosto paso, la primera alerta la dio Carmelo, avezado pastor. Orinaba sobre una mata cuando escucho el quedo siseo que producen los tentáculos deslizándose alrededor del refugio. ¡Alarma, alarma! gritó mientras daba un contundente portazo. ¡Estamos atrapados!

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