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Archive for the ‘De cuentos’ Category

Calor

Finalizada la instalación de vidrios reflectantes en las ventanas del observatorio, obtuvo la última medición  con el piranómetro manual. Mañana los relojes de todo el mundo desarrollado adelantarían doce horas y quedaría prohibido permanecer durante el día en el exterior o exponer la piel a la radiación solar sin disponer de autorización y vestir equipo homologado. 

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F/5  1/250s  ISO-200  67mm

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Le reconoció en el momento de subir al tren, hubiera sido una suerte inmensa que les hubieran asignado asientos cercanos, llevaba el habitual traje marrón, raído e iluminado por algúna lampara de café, mantenía aferrada una vieja cartera de cuero en cuyo interior imaginó portaba las propuestas que presentaría a lo largo de la tediosa reunión. Apretó su pequeño cuerpo contra el asiento para ocultarse. Abandonó el vagón con el cigarro entre los labios. Y, apenas franqueada la salida, lo encendió inhalando el humo con una vigorosa aspiración.  Caminaba unos pasos detrás, camuflada entre los restantes pasajeros, cuando surgió la  primera oportunidad. Depositó cuidadosamente el puro recién encendido sobre el cenicero dispuesto en la puerta del estanco y entró para adquirir su marca favorita, ella se detuvo un instante, abrió la cremallera de su bolso y dejo caer sendas gotas sobre el humeante cigarro al tiempo que depositaba el envoltorio de un chicle en la parte inferior, cerró la cremallera y reinicio la marcha en sentido contrario. Desde la entrada de la estación le contemplo aspirando de nuevo, una vez, dos veces, observó la brasa extrañando el sabor y se derrumbó como el contenido de un saco desfondado. Se subió al primer taxi de la línea e indicó el destino al conductor que esbozó una codiciosa sonrisa: Al Centro Místico Internacional, pero dé un largo rodeo para enseñarme la ciudad. Dado que la competencia no se presentaba a la reunión, debía calcular un nuevo precio para los 15.000 Kalashnikov restaurados que atestaban el almacén de Pakistán.  

Humo

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Día del libro.

Mientras la concesión del Premio Planeta a la novela “En tus heridas”, de la autora local Paula Velasco, provocaba una gran expectación en la pequeña ciudad el día de la feria, una paciente fila de lectores esperaban su turno para obtener una dedicatoria personal de puño y letra. 

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F/3.5  1/1250s.  ISO-100  25mm

Sobre el suelo del stand de la asociación de escritores dos agitadas respiraciones mezclaban los alientos, la del incontenible placer del orgasmo que sentía por primera vez Pablo, el afable secretario, cuando escuchaba el leve estertor del aire que la férrea presión de sus manos apenas permitía escapar de la garganta de Cristina, la vicepresidenta. Ésta sería la última ocasión en que le hurtase todo el protagonismo. Más tarde declaró consternado qué, asistió al horrible crimen desde fuera, como si su cuerpo fuese poseído por un incontrolable ente maligno. 

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F/3,5 1/80s ISO-100 28mm.

Eligió que, para la despedida, la última mano a estrechar sería la del gordito con gafas. Luego entró en el baño de caballeros para eliminar cualquier resto de la Savia de Kali que pudiera quedar sobre el guante químico. Cuando el agente literario Carlos Feijoo se propone promocionar a una de sus autoras, sabe aprovechar las ocasiones.

¿Entonces dicen ustedes que no tienen todavía representante?

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Una gran historia

Las amigas son para las ocasiones, tengo la suerte de compartir la de Lidia con muchos de ustedes y gozar de su inmerecida confianza. Rodando rodando me llega una propuesta para completar éste relato añadiendo siete líneas, me he permitido la libertad de acoger los textos anteriores, añadiendo al pie el nombre de los autores, y espero que, clicando sobre ellos, sean redireccionados a sus respectivos blogs. 

Es preciso tomar de a pasito  cuando el contenido es denso, finito. Se conjugan mejor los sabores en la misteriosa cueva de lo inimaginable. El paladar hace fiesta para recibir cuantiosos ingredientes desconocidos hasta entonces y dentro del delgado túnel de los sueños retenidos, emociones encontradas hacen fiesta hasta llegar a su destino.

Marifa

Et voilà! Así explicaba en mi libro de cocina, cómo detectar el sabor perfecto. Una mezcla entre lo tradicional y lo exótico; lo conocido y lo desconocido; la comodidad y la explosión de sensaciones. Y todo, con solo probar. Es la magia de la cocina, y la magia que quise transmitir cuando abrí mi restaurante. Sin embargo, algo falló y no sé el qué. Estoy en la ruina, y todo lo que aposté por este negocio lo he perdido. No me gusta pedir ayuda, pero esta vez te necesito. Espero tu respuesta.

“”Chef”” Castelle. 

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No esperaba para nada esta petición tan desesperada del “Chef” Castelle, tan afamado en la costa sur francesa. Y mucho menos que viniese dirigida a mí. Aquello era como si el maestro se dirigiese a la desesperada a su alumno, pero no me dejé llevar por mi inseguridad, como de costumbre. Si el gran “Chef” precisaba de mi ayuda, no sería yo quien cuestionase mi capacidad para facilitársela. Así que dejé en mis mejores manos mi propio negocio y tomé el primer tren hacia Marsella. En cualquier caso, aquello resultaría toda una experiencia para mí.

Ana Centellas

En cuanto llegué a Marsella el Chef Castelle me esperaba en la estación. Su aspecto decrépito y desaliñado me impactó. Nada tenía que ver con las fotos que antaño llenaran las primeras planas de las revistas gastronómicas más prestigiosas. 

Aparté ese pensamiento de mi cabeza, pues por fin averiguaría el propósito de su demanda. Era algo que me inquietaba bastante, pues no entendía qué querría un gran chef venido a menos de mí, un humilde zapatero.

Lidia Castro

Una exquisita limpieza imperaba en la cocina. La atravesamos sin parar hasta alcanzar el interior de la cámara frigorífica. Allí un cocodrilo eviscerado colgaba del único gancho disponible. Era la única oportunidad del Chef para impresionar a los quince afamados críticos gastronómicos que se sentarían en el comedor para degustar de su última creación. Había fracasado en cien intentos anteriores para contener el relleno en el interior del asado durante las catorce horas de horneado. Conteniendo las lágrimas suplicaba: Cose como sólo tú sabes. Aferré la lezna y mirándole a los ojos, la hundí tres veces en su pecho sudoroso. 

Carlos Feijoo

Como sea que la cuestíón parece que se complica, tengo el gusto de rogar a Mayte, que, además de una gran persona y amiga, es una excelente escritora, para que continue con éste relato. 

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Autorelato

Sólo estaba cansado, nada que reseñar en especial, si acaso le impulsó la monotonía. Recorrió solitarias carreteras durante toda la noche. Contempló las constelaciones desde algunos lugares ajenos a la iluminación artificial. Hasta que Eos, la de los dedos rosados, anunció la llegada de su gemela Aurora. Ulises en Ogigia. Si hubiese podido llorar y librarse de la profunda angustia que sentía. Aparcó el coche en el arcén, puso los pies sobre el asfalto que comenzaba a recibir los primeros rayos de Sol, cerró la puerta con llave y caminó unos metros hasta alcanzar el centro del puente, escuchó la melodía del agua corriendo entre las rocas. Y saltó al vacio. 

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F/5  1/4000s  ISO-400  46mm

 

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.A ver autorcillo de tres al cuarto, que la providencia nos evite el disgusto de que, alcanzada la cima de su locura, publique un libro el día más insospechado.

-No osaré tanto Don José, sin consultarle su parecer antes de dar ese mal paso.

-¿Pues a santo de qué se me pone usted a escribir relatos sin reflexionar sobre las tremendas consecuencias que acarrean al mundo que, pese a ser inventado, es desde el momento de ser creado sujeto a su irresponsabilidad?

Ortega La vida

-Perdone Don José pero no lo entiendo.

-Pues permanezca atento y con los ojos de la mente abiertos cuando lea. ¡Leñe! Que en el cuento de ayer, no tuvo en cuenta los puntos de vista. Y sepa las conclusiones del Milord que propuso costear las obras para la traída de aguas a la ciudad. Convencido embarca de que son los chinos irracionales de natural, pues rechazan lo moderno para escoger la tradición. Considera al gobernador un cenutrio por oponerse al progreso y al sabio un ignorante al preferir el sistema de tracción animal a la acción gratuita de la gravedad y al principio de los vasos comunicantes. 

-Pues vaya, ya comprendo que razones no escasean para que piense de esa forma.

-¡Calle y escuche, literato de tres para al cuarto! Considera el gobernador en el grave traspies económico que sucedería a esa mudanza de costumbres, pues es sabedor que no da el manantial más agua que para llenar cada jornada las cuatrocientas cántaras que reparten los aguadores y que ni da para fuentes, ni para la carga de cien carros, por no echar esa cuenta, se ve preso ahora el anciano.

-Pues si que es sabio el gobernador y yo le afamo de tirano. Mea Culpa.

-¡No se anticipe que no da ni una escribano! Moriría el anciano por defender sus postulados, convencido de la estupidez congénita del caballero y del gobernador y sabedor de que la posterior escasez, provocará una revolución no tardando mucho, porque el terrorista no desea más que la destrucción de lo establecido y sumar acólitos a su tesis.

Incluso entre los mismos aguadores, cada uno ve la cuestión de distinta manera, el más fuerte, pierde la ventaja que le aporta ser el primero en llegar a la ciudad y el más débil milita en el bando contrario, el boyero se frota las manos ante las perspectiva de ventas, pero entre los arrieros se estudian medidas de presión para limitar la competencia de los aguadores. 

Así que cada cual tiene sus propias razones para temer o promover un cambio y no habrá solución válida que no contemple todas las opiniones. ¡Y a lo mejor ni por esas!

 

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Un cuento chino

Satisfecho el representante de la compañía de las Indias Orientales con motivo de su traslado a la metrópoli, ofreció al gobernador chino un regalo inesperado. Construiría a su costa una fuente en medio de la ciudad valorada en cien mil yuan. El mandatario se mostró muy agradecido pero rechazo el regalo.

-¿Cuál será entonces el medio de vida de los cien aguadores?

Objetivo 18:55

F/5,6  1/160s  ISO-400  55mm

A los dos días se presentó ante él mandatario un sabio anciano y le recriminó su desacierto:

-Es de mala educación rechazar un obsequio cuando lo hace un buen corazón, mejor hubiera sido proponer otro a cambio: La compra de cien carros ligeros y un centenar de bueyes para que tiren de ellos, ponerlos en manos del gremio y todos saldríamos ganando. Unos evitan esfuerzos, los más dispondrán de agua suficiente. Y además será trabajo añadido para herreros, carpinteros, cordeleros, alfareros, guarnicioneros y demás artesanos que fabrican todo lo necesario en sus talleres. 

-¡Guardias! prended y encerrad al anciano en la más profunda de las mazmorras.

-Secretario! -Que recorran las calles los alguaciles, convoca a todos los habitantes para que participen en la fiesta de despedida, habrá juegos malabares, vino a raudales y fuegos artificiales a la llegada de la noche. 

Basado en una anécdota narrada por Ernst Jünger.

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