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Piedrecitas

Que toda la historia del mundo quepa en el interior de un solo grano de arena, no es una cuestión baladí, pero les aseguro que sí, esto sucedió como les cuento. ¿Otro cuento? Pues sí. ¡Qué le vamos a hacer!

No puede ser, de ninguna manera, una partícula cualquiera, una de esas que podemos encontrar, por ejemplo, entre los millones de una playa o entre las que viajan en las dunas que atraviesan el desierto a lomos del viento. No hablamos de esas, en este caso tan particular, nos referimos a una mota que sido parte del mismísimo corazón del planeta y al que, su composición molecular, le imprime esa característica, en su estructura se halla cifrada la historia futura de todo lo que existe o existirá en el Cosmos.

Tampoco fue una casualidad, o quizás si, que al recibir el golpe de aquella afilada piedra en medio de la frente, ese grano se introdujera de forma alevosa y subrepticia en el interior de la brecha y se quedara incrustado en el hueso frontal, justo en el centro geométrico de la frente. Así de repente bajo los cuatro puntos de sutura comenzó aquélla piedrecita su extraña labor.

El niño creció, como todos los infantes, a ojos vistas. Pronto aprendió a cerrar la boca y a no ir por ahí soltando tonterías sobre el futuro, que él podía ver como si ante sus ojos se proyectara una película: ¡Mama, coja el paraguas que a las siete de la tarde le lloverá fuerte! Y claro que llovía, a cantaros caía, aunque aún no se divisara ni una nube en el cielo. A causa del don se tuvo que fabricar un caparazón de silencio para guardar los secretos que conocía.

¿Y sabía también los números premiados en el sorteo de la lotería? Pues creo que no, o por lo menos no dispongo de esa información. Y es que a la naturaleza, bien poco le importa quien sea el poseedor de más o menos dineros, sí le trae cuenta de los otros fenómenos que la afectan, los terremotos y huracanes, la calidad del agua y la limpieza del aire y eso si que estaba narrado en la composición de aquella pequeña roca.

Que cada día y, sobre todo cada noche, se le hacía a ese hombre más pesada de transportar sobre la frente. Tanto que me ha pedido un favor, si acaso alguno de ustedes se ofrece como voluntario para transportarla en el interior de su cerebro, durante unos cuantos siglos, no muchos, unos cien o doscientos nada más.

Se requiere dedicación exclusiva, contrato indefinido y remuneración adecuada según valía del candidato.

Razón aquí:

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Circe

Desciende bañada en la luz de luna que ilumina la laguna,

camina hasta la playa entre piezas de seda cruda

que desvelan su silueta desnuda.

La brisa agita el rebelde mechón de su cabello.

Ciñe su cadera un cinturón de oro.

Se aproxima flotando sobre las dunas.

Al compás de sus pasos,

la arena se muda sendero de plata.

Oscila su cintura,

 y tintinean los aros junto a su rostro,

Junto a la orilla,

apenas oculta la brevedad de sus senos,

me interroga la verde suavidad de su mirada:

– ¿Me invocas?

No maga, sólo aguardo.

– Llegaste hasta mi, envuelto en un manto de silencio para ocultarte de los hombres. Y la tristeza de tu mirada, trajo a la mía alegría.

Mi silencio se rompe escuchando el cascabel de tu risa, aprendí en tus labios que ocultas insondables misterios.

– Entonces suspende el llanto que te causa el sufrimiento en la tierra.

Cubre mi piel con su piel y se transforma, mediante ese sortilegio, en mi otro propio yo.

Corina de Tanagra. La odisea.

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Domingueras

– ¿Cómo vamos?

– ¡Bola de juego, set y partido para Nadal!

– ¿Y qué se juegan?

– ¡Shhhhhhhhhhh, qué saca Federer!

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La novelista (¿Final?)

– Los senderos de la libertad, mi querido Abel, tienen un estrecho margen, dijo Fernanda concluyendo la lectura de La Plata de Judas, El apagado azul grisáceo de los  ojos conservaba la tristeza del funeral. Permanecían sentados frente  a las tazas de té, la tarde oculta entre cortinas de lluvia desmentía la hora que señalaba el reloj. Ajenos a los silenciosos parroquianos que ocupaban la única mesa del local contemplaban la pequeña franja que coronaba el cielo anunciando que sobre Lisboa todavía lucía el sol.  

– La muerte de Clara y de su amigo Pereira extingue una familia que, durante siglos, no pudo tener más objetivo que la lealtad. Esa fue su cárcel. La del contable que pasó media vida fiscalizando el valor del tesoro tenía los barrotes forjados en la ambición. Como Marina que dedica tanto tiempo y esfuerzo  para conservar en buen estado el Pazo Posada que edificó el amor de un bisabuelo. –

– ¿Quieres decir que si conservo esa mansión es porque no tengo otra opción? 

– Digo, querida Marina, que nadie consciente puede gritar contra las olas ¡Yo soy libre! Todos somos herederos de un carácter, durante la niñez se le añaden la educación y las creencias familiares, las propias vivencias no hacen otra cosa que alimentarle para que se afiance y constituya la materia troncal de nuestra existencia. 

– Un apenas audible Abel  se atrevió a objetar: ¿Y el amor sobre el que usted tanto ha escrito?

– Conocí el amor en Lóndres, un amor tan grande que llena cada uno de mis días, me lo arrebató la República. Cuando Luis Reís envió la muerte a Teresa, envuelta en una capsula de cianuro, ya había rechazado su propuesta de matrimonio, yo amaba a su hermana. Un comunista y una princesa. Tampoco él pudo elegir y pagó el precio de ser ministro en la revolución. Ni siquiera el conductor del taxi que le llevó desde el aeropuerto al hotel tuvo posibilidad de elegir. 

Abel reconoce perplejo al ocupante de la otra mesa, cuando el comandante Almeida dirige resueltamente hacia ellos. Los tres oscuros personajes que le acompañan ocupan posiciones dominantes del café. Uno obstruye la salida, otro se sitúa junto al acceso a los lavabos y el tercero junto al oficial, escruta fríamente sus rostros, su mano les amenaza desde el bolsillo de la cazadora. 

– Al menos yo pude elegir el exilio en esta isla que es la prisión más hermosa. Puedo escapar cuando estoy sentada en el escritorio y puedo recuperar la seguridad de los muros con sólo alzar la mirada y contemplar el horizonte. El agente le llevará ahora La Plata de Judas al Presidente Soares que, respirando aliviado, le propondrá para el ascenso a general. Como nosotros, ellos tampoco pueden abandonar la prisión en la que prestan servicio, ni un segundo. 

– ¡Será usted el general de las ratas de las cloacas portuguesas Señor Almeida! Afirma mirando directamente a los ojos del comandante mientras le ofrece el libro cerrado. 

A pesar de permanecer de pie y recibir el impacto en sus pupilas desde los alto de sus casi dos metros. Almeida se siente anonadado frente a la mirada, reconoce el  genuino poder que posee la antigua nobleza de María Fernanda. Toma el libro e inclinando respetuosamente la cabeza exclama: – ¡Alteza!

Alzando la mano indica a los agentes que es hora de abandonar el local y la isla.

Misión cumplida. 

 

 

La novelista (Sorpresas)

Al mismo tiempo que sus asesinos sustituyen las deterioradas defensas de acero del frontal del poderoso todoterreno que le empujó hacia la muerte. Las palabras de Ricardo Pereira sobreviven bajo la atenta mirada de Abel:

Desde que aquel catorce de Agosto de 1385, Nuño Alvares Pereira, condestable de Don Juan Primero de Portugal, derrotase a las tropas castellanas en Aljubarrota, permanece  unido el destino de ambas familias, Ricardo Pereira defiende que la jefatura del estado debe ser ofrecida a la legítima heredera del trono. Un miembro de la dinastía Avis-Braganza. Nadie mejor que Su Alteza Real María Fernanda Pinheiro Sequeira-Barreto, hasta hoy conocida como una escritora de prestigio internacional. 

Perplejo, ante el sorprendente contenido oculto entre las tapas, Abel reflexiona. El vértigo le provoca una abundante sudoración. No ignora que las circunstancias le sitúan en el centro de un grave conflicto y una oculta trama que se despliega a su alrededor. 

El manifiesto continúa: La pretendida restauración monárquica se debate entre dos antagonistas La República, hija de la Revolución de los Claveles, y un marasmo de pretendientes dispuestos a heredar el Ducado de Braganza.  Demostrada la corrupción que desde hace un siglo inunda las altas estructuras de los sucesivos gobiernos y la indiferencia demostrada por la presidencia ante el sufrimiento popular. No cabe otra opción que la convocatoria urgente de elecciones a la asamblea para elaborar una Constitución que recoja el tradicional carácter monárquico de nuestra nación, reponiendo a la legítima reina en el papel natural de arbitraje y garantía de continuidad en la representación del Estado y que así acaben las privaciones que sufre el pueblo a pesar de enorme riqueza que oculta en el tesoro nacional.

Con el ligero equipaje aferrado entre sus dedos, Abel decide abordar el primer vuelo con destino a Madeira, asistirá al funeral de Pereira, intentará mantener a salvo los secretos que contiene el libro y, aunque ignora cómo, advertir a María Fernanda del enorme poder que tienen sus enemigos.

Penitentes

– Deja de picotear que nos están esperando mi hermana y su marido para ir a la procesión de Ramos. 

– Joooo Martina es que no tengo ganas. 

-¡Te hubieras comido todo el plato de fabada!

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La novelista (Dinastías)

A las nueve en punto de la noche, la hora convenida,  el teléfono repiquetea sobre el escritorio de Ricardo Pereira, tras los saludos de rigor entran de lleno en la materia:

– El momento ha llegado Clara.  Tenemos las pruebas. Tanto el Estado Nuovo como la República han ocultado la mayor parte de las reservas de oro.  Podemos demostrar que desde 1910 el pueblo de Portugal es víctima de estafa. Y ahora dime como está Su Alteza. 

– Melancólica Ricardo, ese parece ser el ánimo adecuado para sostener la creatividad, deberías se tú quién la pusiera al corriente de sus obligaciones y permanecer a su lado durante la avalancha de acontecimientos que se producirá cuando el dossier se publique. ¿Lo tendrás bien escondido?

– Mañana lunes antes de volar hacia el Funchal lo pondré a buen recaudo. 

El Diario de Noticias. Madeira. Página de sucesos:

Ayer tarde en medio de la intensa niebla, se produjo un desafortunado accidente,  el automóvil de la farmacéutica de la localidad, Doña Clara Pereira se precipitó por un acantilado cayendo al mar,  viajaba hacia su residencia desde el aeropuerto tras recoger a un familiar, el conocido periodista lisboeta Don Ricardo Pereira. Funcionarios de Salvamento Marítimo se ocupan a esta hora de la recuperación de las víctimas. 

Abel consternado, escucha la noticia que difunden los medios de la capital, incapaz de desayunar otra cosa que un té. Desciende hacia el almacén decidido  diluir la pena que le inunda explorando otro libro del almacén. Sobre la tapa azul, destaca el brillo metálico del título: La Plata de Judas. 

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