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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

Idiota

Magnifica oportunidad. Oferta de plazas libres.

A la Sombra de la Luna

A saber, que somos idiotas,
que con sólo mirarnos se nos nota.
En la incapacidad de guardar la lengua,
de no medir las palabrotas,
de no saber contener a veces,
esa verdad que, en nuestro interior, explota.

A saber que somos idiotas,
por insistir en lo inevitable.
por re-intentarlo cada tarde,
por buscar como polilla,
el abrazo añorado de la flama.

Por querer hasta perder el sentido,
por cambiar el singular a plurales,
por soñar despierto contigo,
por no querer dormir por esperarte,
por avivar la ceniza del fuego,
con pedazos de alma inflamables.

Y por sabernos idiota
y admitirlo,
y no importarnos usarlo de estandarte.

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Ella – 8 de marzo

Mariano, hoy como mejor estás es calladito.

Mujer, tú que eres el origen de la vida, que hundes tus raíces en la tierra atando a tu familia a la tierra, libérate.

Tú, que agitas tus ramas como si fueras un fiero sauce boxeador para  defender a los tuyos no lo dudes más, sal ahí fuera y rompe ya con el cristal.

Quítate los velos que cubren tus ojos y te impiden ver tu libertad, una libertad que es tuya pero que otros creyeron tener derechos sobre ella.

Tú que eres mujer, déjate volar.

Licencia Creative Commons
Cafés para el alma de Andrea Rodríguez Naveira está sujeto a Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.


Este es un texto que ya compartí en su momento, pero me acordé de él hoy más que nunca. No queremos tener un día propio, ni tener que tomar precauciones para volver solas a casa, ni tener que ser valientes por ello. Queremos VIVIR, sin miedo…

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Predators

-Mariano tu a por el bicho más alto y yo a por el otro. Vale?

-Jolín Martina ¿Pero otra vez bicho para cenar?  Tienen sabor raro.

-A ver cariño, si te pongo conejo me dices que el pelo te da ardor de estómago.

-El bicho se pela muy facil y ahora saltas con ésas. ¿Y si le pongo unos ajitos con perejil?

-El ajo me repite, Martina.

-Pues hale otra vez a Panetone, pero conste que ésto no es serio. (Y lo bien que vivíamos en casa con el sueldo de cartero y te tuviste que presentar a las oposiciones de invasor)

018

F/5  1/1000s  ISO-800  32mm.

No tengo tiempo “paná” 

 

 

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Un cuento para participar en un concurso de Paula de Grei un divertido lugar que sería del agrado de Marx, Groucho Marx. Y para celebrar la publicación de una novela del Milord Alce. Ha sido un placer escribirlo, espero que no sea menos leerlo. 

Acodado contra la barra del bar, observa malhumorado como ascienden las burbujas del refresco de limón, armado de un palillo de dientes las espera, encabritado, hasta que alcanzan la superficie, una a una, para desinflarlas sin piedad. Seguro que fue por la intervención de su mala sombra que ella insistiera tanto en acompañarle a recoger el resultado de los análisis y que ésta vez, el Don António de los huevos, fuera tan explícito en el diagnóstico: Mariano, si toma usted otro gramo de alcohol le va a reventar el hígado. Y ahí le tienen, con un humor de perros mientras los demás entre risas y charlas acompañan las tapas de jamón con unas jarras de cerveza fresquita, dorada y espumosa. Alza un dedo, presiona sobre el carrillo y hace descender el párpado del ojo derecho, capta con esa seña la atención del camarero, señala con el índice hacia la jarra más próxima, aún revestida con una capa de vaho, señala en primer lugar al techo y luego al bruñido revestimiento de madera ordenando: ¡Una de esas aquí delante! Vigila por el rabillo del ojo, la toma por el asa y la absorbe con fruición antes de que nadie se percate, la siente atravesar la boca, llenando las papilas de un sabor amargo y refrescante, caer por la garganta y descender al estómago por el tubo del esófago, disfruta con cada uno de los centímetros del recorrido. Hasta que un sudor frío asciende desde su vientre y le cubre la frente de perlado sudor. Una puñalada le sacude desde el interior, obligándole a doblarse de dolor, jadeando, para desplomarse a continuación contra el suelo arrastrando en su caída al sorprendido taburete.

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De recuerdos

Uno no cree en las casualidades y está disposición de tres grandes rocas superpuestas no puede ser natural.

Pero esta segunda edición, de otra publicada, pero aderezada con un punto más de picante si que lo fue pura casualidad, como encontrarla hoy revisando archivos.

Lo cierto es que estoy convencido que la vida se nutre a base de ensalada de casualidades, revuelta con locura, aderezada con un poco de suerte y aceitada generosamente con mucha esperanza. Espero que lo reyes fuesen también generosos con todos ustedes.

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De reyes

He sido bueno, o eso creo, porque me han traído un nuevo bastón sobre el que apoyar mis paseos matinales, viene dotado de un hermoso pomo en cuyo interior se incrusta una pequeña brújula y adornado de puntera reforzada con metal, a pesar de ello resulta ligero y como lleva incorporada una correa de cuero para alojar la muñeca, no será fácil que se precipite hasta el suelo cuando a causa de mis jugueteos se acabe escurriendo entre los dedos de la mano; a mayores he recibido un antiguo juego de plumines para realizar artísticas letras o primorosos dibujos a plumilla; difícil arte este que requiere de trazo asaz seguro y con cristalino frasco de tinta china incorporada y todavía más, un antiguo libro en edición facsímil sobre algunas cosas acontecidas en esta ciudad a comienzos de la edad moderna, cuando unificados los reinos peninsulares los poderosos gremios de la lana aportaban riqueza al estado y hacían posible con su exportación un prometedor desarrollo preindustrial; mientras el imperio agonizaba y pocos eran los que se preocupaban por la continuidad de esa incipiente manufactura. La flota de indias que devastaba los antiguos bosques de pinos y robles servia para transportar allende los mares a una hambrienta población desesperada que luego acunó generales de legitimas ansias libertadoras de un yugo absolutista sobre el que no se ponía el sol. Ya ven como este relator, paso a paso, va hilando pensamientos que revelan como la historia se repite; los banqueros del reino acaban llevándose las pocas o muchas monedas que se acuñan. Y es que no aprendemos y el oro sigue cotizando por las nubes y temo que detrás vayan las materias primas y con eso, de consumidores vayamos mudando al papel de supervivientes o quien sabe, si como aquellas congregaciones de judíos conversos refugiadas en valles ocultos y costas agrestes la ausencia de vías se convierta otra vez en nuestro aliado, para disponer de suficiente tiempo para ocultar nuestras escasas posesiones cuando lleguen los licenciados en tributos a cosechar la parte del león pistola en mano. Ahora la imagen.

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De lentejas

Esto que les cuento parece ser que sucedió en esta nación; cuando finalizada la guerra civil, después de triunfar la sublevación militar y debido al aislamiento a que nos sometió la comunidad internacional desde 1939 hasta 1955, se decidió una medida gubernamental consistente en racionar los alimentos al mínimo imprescindible, para ello se dotaba a cada persona de una cartilla en la que se iban anotando las dotaciones de los diferentes productos que se autorizaba adquirir; escasas eran las raciones, tan escasas, que el hambre acechaba a cada hora. Pues en esa oscura época, un ama de casa dispuso la olla al fuego con unas lentejas, de las que se decían viudas por lo pobre de su acompañamiento; adornadas seguro, con algún hueso de vaca o un pelado cascarón de gallina y aderezadas a base de ajo y cebolla; se llegó la hora del yantar y cuando estuvo dispuesta la mesa, con su vajilla y sus cubiertos y su jarra de agua, al destapar la cazuela, el guiso tanto había mermado, que apenas quedaban dos raciones para los cuatro comensales, rompió a llorar la pobre mujer y ante la consternada y famélica familia reconocía entre hipos y suspiros que al catar el punto de sal, pecó de gula y quizás llenó en demasía la cuchara. El padre avergonzado, se acuso de que a su vez, cuando llegó del trabajo, olía tan bien en la cocina que no pudo evitar meter la cuchara un par de veces para probar el condumio, detrás la hija, reconocía que al volver a casa tras la clase de taquimecanografia cometió la misma falta y al final el niño, impelido por esa catarsis familiar, se confesaba del mismo delito; todos lloraron y todos pasaron hambre como castigo por creerse impunes al atacar el menú colectivo. ¿Pero de quién fue la culpa en realidad?. De ellos no, que en cualquier caso ejercían esos días, como de victimas supervivientes a la estupidez de unos gobernantes que, durante la breve república, se dedicaron a obstaculizarse el paso unos a otros, y con un odio tan mortal que se acabó extendiendo entre los asesinos natos y demás canalla amparada en esa mala política y que remato fraccionando tanto el país, que aquellos tres años de guerra, provocaron un millón ciudadanos muertos, a los que supongo, en su mayor parte, civiles inocentes. En otra ocasión, si les parece, relatamos sobre la receta para elaborar esas legumbres. Ahora la imagen.

Luna llena sobre el fin del mundo

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